Autor: Abril
La casita a donde nos habían llamado estaba sentada sobre una loma
rocosa. Su silueta clara y solitaria de adobes amarillos aun no era
borrada por las sombras de la noche que se acercaban desde la base de la
montaña. Al acercarnos a la puerta, dos mujeres interrumpieron los
murmullos en que estaban ocupadas, para mirarnos, o mejor dicho, para
mirar reverentes a la anciana que yo acompañaba. Una de ellas nos
condujo en silencio a una habitación. Un olor nauseabundo como a huevos
podridos hizo que me detuviera, pero la anciana que iba apoyándose en mi
hombro me empujó firmemente y yo di un paso adelante. Entramos a un
ambiente cuadrado, iluminado por una luz pálida proveniente de unas
velas encendidas bajo una cruz de madera, en una especie de altar
improvisado en un rincón. Las paredes desnudas tenían solo una ventana
de madera que estaba cerrada. Lo único que había en la habitación era un
viejo ropero y una cama sobre la cual yacía el enfermo que habíamos
venido a ver. Creo que el rostro desencajado, la mirada distante y el
olor proveniente de las ropas del muchacho, fueron suficientes para que
la vieja curandera supiera con qué estaban lidiando, sin necesidad de
preguntar qué había pasado. Igual, el papá, quien estaba parado junto a
la cama, horrorizado, se lo dijo: “hallé a Esteban desvanecido no muy
lejos del estrecho del diablo.” Sin prestarle la menor atención, la
curandera abrió la alforja que tenia sujeta entre sus manos y metiendo
en ella su huesudo brazo, sacó un cuy pequeño sujetándolo por el cuello.
El animalito de cabeza cónica, ojos negros y redondos, pelo corto,
lacio y pegado al cuerpo no dejaba de patalear con sus cortas
extremidades. “¡Salgan todos, menos la mamá!” comandó la curandera.
Entonces, se acercó a la cama donde estaba recostado el muchacho en un
estado de completo estupor. Lenta y meticulosamente comenzó a pasarle el
cuy por todo el cuerpo, mientras murmuraba frases que solo ella
entendía. Cuando terminó instruyó a la madre del chico: “quítale la
ropa y quémala lejos de la casa,” luego se volvió hacia mí, “tú sígueme
con la linterna” dijo.
Afuera todavía quedaba algo de luz esparcida sobre el lomo de las
colinas. Pasando el pórtico se dirigió a un costado de la casa donde
había una piedra plana, sobre la cual colocó el cuy, muerto al parecer,
pues ya no pataleaba. Le abrió la panza con un carrizo filudo y comenzó a
examinar sus órganos, uno por uno, bajo la luz de la linterna. Yo
miraba por sobre su hombro sosteniendo la luz en alto, sin la menor
repulsión. Con una piedra chancó la cabeza y examinó los sesos. Todo,
dentro del animalito, aparecía amoratado. Mientras ella me explicaba
cosas, yo veía su cuerpo corcovado vestido de negro, que se arqueaba aún
más, mientras sus manos trabajaban. Viéndola así, su figura me
recordaba a la de un gallinazo que vi sobre un zorro muerto, un día al
regresar de la escuela. Ella había pasado la mayor parte de sus setenta
años doblándose sobre la candela, con los pies en la ceniza, revolviendo
sus menjunjes que cocía en un perol. Cuando terminó, me ordenó enterrar
los restos del cuy, lo cual hice a regañadientes, en un hueco que
excavé con una estaca. Yo resentía estar a cargo los mandados sin
importancia, quería más bien tomar parte en el tratamiento. En fin, nos
lavamos las manos en el arroyo cercano y volvimos a la casa. “¡Mi hijo
ya habla!” exclamó el padre apenas la vio, inclinándose reverentemente.
Ella asintió solo con la cabeza y nos marchamos.
La Velota, es una profunda hondonada en la ceja de selva peruana, donde
el clima cálido favorece el cultivo de árboles frutales. Las áreas
fértiles están separadas entre sí por laderas rocosas y las cumbres
insalvables de los Andes. Por su ubicación remota, la única ruta que
conduce al pueblo más cercano es un camino angosto que comienza en las
tierras planas de cultivo y remonta las escarpadas colinas atravesando
tupidos bosques y sorteando enormes rocas hasta ganar la cima del cerro,
donde pasa entre grandes peñascos de piedra. Ese tramo es estrecho y
sólo se puede pasar en fila de uno. La superficie de esas piedras,
completamente blanca bajo la luz del sol, al oscurecer cambia, según
muchos testigos, y macabras figuras aparecen sobre la roca. Quienes
pasaron por ese lugar cuando el sol se había ocultado enfermaron del
“susto” y hubo que limpiarlas con alumbre o “pasarles el cuy.” Los
lugareños llaman a este lugar “Estrecho del diablo.”
Un verano llegó a La Velota un forastero que, habiendo comprado una gran
parcela de terreno al pie de una de las montañas, se instaló en una
vieja choza asentada en medio de la propiedad, único vestigio del
anterior dueño. Los vecinos, recelosos de un desconocido sin familia,
decidieron esperar pacientemente a que fuera él quien se acercara a
ellos. No pasó mucho tiempo que así fue.
Por ese tiempo yo tendría unos diez años y me gustaba mucho acompañar a
mi padre, Gonzalo Domínguez, cuando la curandera no me necesitaba. Un
sábado fui con él al Puerto Malleta, a orillas del río Marañón, llevando
unas cargas de fruta para la venta. A eso de las dos de la tarde, nos
disponíamos a regresar, cuando se le acercó el nuevo vecino, quien dijo
ser Agustino Zapata. Mientras ellos conversaron por unos minutos, yo
esperaba, sentada sobre un tronco varado, contemplando la inmensidad del
río y escuchándolos. Agustino, contó que había acudido al puerto a
recibir su orden de semilla de café para expandir su finca. “Después
construiré una casita nueva, y el año que entra, cuando el café crezca y
plante otras huertas, traeré a mi esposa y a mis niñas,” agregó
orgulloso. Mi padre le ofreció cabalgar junto a él y así apoyarlo en
caso fuera necesario reacomodar la carga de los mulos. “Venga, tomemos
un caldo de gallina en la chingana, antes de emprender la cuesta” invitó
Agustino. “No, gracias,” respondió mi padre a secas, pero viendo la
expresión perpleja del otro, agregó: “si no salimos en este momento, ya
será oscuro cuando pasemos por el Estrecho del diablo, mejor vámonos sin
perder tiempo”. Papá montó su caballo y dándome la mano me subió junto a
él e iniciamos el regreso con nuestra mula de carga siguiéndonos
dócilmente. Agustino se apresuró a adelantar sus tres mulos, cada uno
cargado con un quintal de café a cada lado del enjalme, y saltando sobre
su caballo alazán nos siguió.
Algunos meses después de la llegada de Agustino, uno de los vecinos
ofreció una gran fiesta con ocasión del bautizo de su primogénito. Era
una gran celebración, con muchos invitados, todos los vecinos estaban
allí. La comida era abundante, en la mesa había gallinas asadas, cuyes
fritos, chancho adobado y chicha de jora -licor suave de maíz-. Entre
los invitados estaba Agustino, que para entonces habíase ganado el
respeto de todos. Su nueva casita ostentaba un techo rojo de tejas y sus
chacras de café se veían verdeando desde el camino. Un poco más tarde
llegó la curandera, apoyándose en su bastón. Todos la saludaban con
especial solicitud, entre ellos Agustino, “gracias por la olla con
comida que ha dejado usted en mi casa Doña Concepción, que Dios se lo
pague,” le dijo después de saludarla. “No hay necesidad Don Agustino,
para eso estamos los vecinos” contestó ella y mientras lo escrutaba con
las rendijas enrojecidas que eran sus ojos, dijo: “pasara usted acá la
noche… ¿verdad?” Su expresión era indescifrable detrás de tantas
arrugas. A veces me parecía que se hubiese convertido en momia sin que
nos diéramos cuenta. La expresión desconcertada de Agustino denotaba que
no alcanzaba a ver la razón de pasar la noche en una casa ajena. Abrió
la boca para contestar, pero la curandera dio media vuelta y se alejó.
Las alegres notas de un huayno comenzaron a sonar creando algarabía
general y la fiesta comenzó.
Avanzada la noche, Agustino se acercó a la señora de la casa, agradeció
por la cena y luego paso a despedirse de los otros invitados. Uno por
uno, todos dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron mirándolo. La
finca de Don Agustino estaba a cierta distancia y había que pasar el
estrecho para llegar a ella. “Quédese acá Don Agustino, se va usted
mañana temprano” ofreció el dueño de casa. Él dijo considerarlo
innecesario, volvió a agradecer y salió de la casa. Para entonces ya
había escuchado a más de un vecino la leyenda del Estrecho del diablo y
había declarado, en más de una oportunidad, que no estaba dispuesto a
darle importancia. Desde la puerta, mi padre y yo, vimos como Agustino
se puso su poncho y sombrero, sacó una linterna de su alforja y
montando su alazán se perdió en la noche. En el jardín, oculta detrás
del floripondio, la curandera también observaba la escena, ambos
escuchamos su risita sardónica, antes de que ella también desapareciera.
Después de algunos años, mi padre me contó lo que pasó aquella noche.
Agustino iba por el camino silbando como para hacerse compañía, una
brisa fría soplaba de rato en rato, remeciendo las ramas de los
arbustos. El iluminaba con la linterna el suelo delante de él. Más o
menos a mitad del camino, su caballo paró las orejas, resopló y se
negaba a avanzar, pero el firme manejo de las riendas y las espuelas lo
obligaron a mantener un trote ligero, aunque nervioso. En cierto punto
una lechuza sobrevoló unas rocas y fue a posarse sobre un árbol sin
hojas, sus ramas desnudas recortadas contra el cielo. “Hace falta más
que una lechuza para asustar a Agustino Zapata” río él y siguió
avanzando. Había atravesado el último bosque, antes de llegar a la cima,
cuando el caballo paró en seco; por más que se lo urgía el animal no
avanzaba, antes bien se paraba en sus dos patas traseras. Entonces, se
oyó un bullicio tremendo, como de mucha gente: silbidos, gritos, risas,
murmullos y alaridos que provenía de los matorrales. Un frio intenso lo
invadió, sintió que su cabello se erizaba desde la raíz y un
adormecimiento parecía avanzar de su cabeza a los pies. Sus poderosos
músculos, producto de años de trabajo duro, le permitieron controlar al
caballo y seguir el camino. Sin embargo, conforme avanzaba, el bullicio
lo seguía, ya de la izquierda, ya de la derecha; por ratos se acercaba
tanto, que se podía oír el ruido de ramas al quebrarse con el paso del
tropel. Agustino siempre había sido valiente y, aunque nunca antes había
pasado por algo similar, su presencia de ánimo no le abandonó. Agarró
fuertemente las riendas y la linterna con su mano izquierda y con la
otra desenfundó su revólver. “¡No le debo ni a Dios ni al diablo,
déjenme pasar!” vociferó lanzando dos tiros al aire. Unos segundos
después cruzaba el estrecho en un silencio total, mientras una fuerza
como de un viento fuerte, le arrancaba el sombrero y la linterna. Los
pensamientos de don Agustino eran un torbellino, se negaba a creer en lo
sobrenatural. Sin embargo…
Su alazán lo llevó a su casa sin necesidad de una luz que lo guiara; el
animal estaba empapado en sudor y temblando. Desmontó y le quitó la
montura, le frotó el cuerpo con un paño y lo puso al pasto cerca de la
vivienda. Entrando a la casa cerró la puerta detrás de sí y le puso la
tranca, por primera vez desde que la había construido. Las paredes,
hechas de troncos hundidos en la tierra y unidos entre sí por
travesaños, dejaban pasar la tenue luz de afuera; en una esquina, el
fogón de piedra y leña, todavía albergaba brasas ardientes. Acercándose,
agregó unos leños y pronto tuvo una llama; entonces, tomando un tizón
encendió la lámpara a querosene que colgaba de una viga. Una luz
amarillenta iluminó apenas la habitación. El interior era sencillo: en
el centro de la pieza había una mesa de madera rectangular, con una
banca a cada lado y algunos bancos hechos del tronco cortado de un
árbol, puestos alrededor del fuego. Detrás de una división de madera
estaba las otras habitaciones. Don Agustino miró a todos los rincones y
su vista se detuvo cerca del fogón: sobre una repisa de piedra, reposaba
la olla de arcilla que Doña Concepción había dejado. Se dejó caer sobre
una de las bancas rendido, sabía que debía irse a la cama a descansar,
pero no creía que podría dormir después de lo sucedido.
El ruido comenzó con una nota grave, casi como un ronquido y fue
creciendo como el rugir de la corriente de un río caudaloso, hasta que
se tornó ensordecedor; no era nada conocido ni remotamente familiar.
Agustino se puso en pie de un salto, su instinto de defensa le hizo
tomar dos de sus machetes, uno en cada mano; algo estaba afuera y
circundaba la casa despacio, haciendo crujir los maderos de las paredes,
como empujándolos. Un olor nauseabundo penetraba a través de las
rendijas, quemándole la nariz y le haciéndole arder los ojos. Recordó
su revólver, pero de alguna manera supo que no le serviría esta vez. Era
como si el enemigo hubiera venido por él y habría que enfrentarlo
cuerpo a cuerpo. La puerta, hecha de madera sólida, se sacudía
violentamente, algo o alguien quería arrancarla con todo y bisagras.
Las piernas no querían obedecerle, se sentían pesadas, como de plomo.
“¡Madre santísima, no me abandones ahora!” rogó cerrando los ojos con
fuerza. En ese momento decidió que si no había otra opción, al menos
vendería cara su vida. Con el machete golpeó las piedras del fogón hasta
hacer saltar chispas e hizo lo mismo chocando los machetes entre sí,
mientras circulaba la casa desde adentro, luchando, defendiéndose, la
presencia lo seguía desde afuera. La linterna se apagó, dando paso a una
oscuridad asfixiante; la pálida luz del firmamento no estaba más. El
ruido tomó la intensidad de una tormenta, con ventarrones que amenazaban
arrancar la casa del todo, para de pronto, así como empezó,
desaparecer. Se hizo un silencio total, como si todo estuviera contenido
en el ojo de un tornado. Con los dos machetes en alto, Agustino, se
paró junto a la puerta de madera tosca, que era la división entre el
terror y su salvación; un olor a humo se sumó a la pestilencia azufrosa,
que ya había llenado la casa. Desde algún lugar afuera, en el abismo
negro, se oyó una risa inhumana que pareció hacer eco en toda la
montaña. Agustino no durmió, amaneció sentado junto al fogón, agregando
de rato en rato un palo de leña.
Cuando amaneció, Agustino escuchó el trote de un caballo que se
acercaba. Abrió la puerta despacio al tiempo en que mi padre desmontaba.
“Buenos días Don Agustino, vine a ver como…” no terminó su saludo, se
quedó mudo por un instante, mirando a su alrededor. En el suelo yacían
los restos chamuscados de un sombrero y una masa que parecía ser una
linterna con el mango derretido y el vidrio ennegrecido. Alrededor de la
casa, había huellas deformes, como de muchas bestias, indistinguibles
una de otra. Agustino narró lo que había pasado desde que saliera de la
fiesta la noche anterior. “Don Agustino, su valor le ha salvado… y la
ceniza” lo felicitó mi padre. “¿Que ceniza?” preguntó perplejo Agustino.
“La ceniza del palo santo” dijo mi padre señalando a una fina línea de
ceniza esparcida sobre el suelo. Ambos siguieron la línea y,
efectivamente, ésta circundaba toda la casa dibujando un lazo cuyo nudo
terminaba en la puerta. Entonces Agustino se acordó como la curandera le
había dicho que toda nueva casa debe ser bendecida y rodeada por la
ceniza del palo santo, lo cual obviamente había hecho la tarde anterior,
cuando dejara la comida. “¡Madre santísima!” dijo y se llevó la mano
derecha a la frente.
Han pasado los años y me encuentro en el cementerio, bajo la sombra de
un antiguo roble que con su tronco hueco me da refugio en este tiempo de
pena. A mis pies está la tumba de mi abuela, la curandera. Después de
casi noventa años de bregar de noche y de día, finalmente está
descansando. Una sombra se eleva despacio desde las tumbas, perdiéndose
sobre los cerros. Mi abuela me ha dejado su perol y su bastón, pero por
sobre todo ha dejado un sitio vacio junto al fogón de nuestra casa… en
nuestras vidas. Arriba el cóndor bate sus alas poderosas sobrevolando el
cementerio una vez más.